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Tierra de nadie

En Chile la crisis de la iglesia se prolonga aunque todo está dicho

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No pasan muchos días sin que los medios en Chile se ocupen recurrentemente del tema sobre los abusos sexuales y la pedofilia de connotados sacerdotes.

El caso de Fernando Karadima se alimenta de los titulares como una esponja del agua. El tiempo, qué digo, los días permiten que se desinfle y al poco rato alguna declaración de la alta jerarquía aporta un notable volumen al crónico escándalo. Hasta el consabido destiempo con que se pronuncian las esperadas declaraciones, las hacen parecer actuales y novedosas para la opinión y la crítica.

El juicio civil y la demanda de las victimas y sus familiares mantuvieron el caso en la actualidad. No pasan desapercibidas las penosas declaraciones de quienes fueron abusados durante su infancia. Y resultan más que asombrosas las mentiras del victimario como su increíble y repentina pérdida de la memoria, durante los vaivenes de las confesiones y declaraciones ante el juez y los tribunales.

Esta semana la rueda de prensa del arzobispo de Santiago, monseñor cardenal Ricardo Ezzati, infló de nuevo el tema del pecado, los disimulos y el encubrimiento. Ah, y las sospechas, la suspicacia, los sarcasmos que no se escatiman en los comentarios, al final de las jugosas notas de prensa, videíllos y artículos editoriales.

En la ronda de periodistas, el arzobispo de Santiago, Ricardo Ezzati, admitió con apreciable retardo que el obispo de Osorno, Juan Barros, debería renunciar “sin duda alguna”. Y agregó el cardenal: “Yo no soy juez para decir si encubrió o no, pero por el bien del pueblo de Dios y de la Iglesia, el obispo Barros debiera dar un paso al costado”.

  Arzobispo de Santiago, cardenal Ricardo Ezzati.

Juan Barros es figurante destacado de un famoso “flash-back”: el sospechoso encubrimiento al muy allegado amigo y principal protagonista del rollo, Fernando Karadima.

Barros declaró lo que conocía de las actividades de Karadima: “Tal como lo he señalado, yo llegué a participar en la parroquia estando en mi educación Media, y encontré ahí en la parroquia varios sacerdotes y a una comunidad especialmente atractiva. El padre Karadima era el encargado de los jóvenes y yo comencé a conversar con él mi inquietud de vocación sacerdotal, que me ayudó para ingresar al seminario con posterioridad”.

Mientras Karadima expresó sobre Juan Barros, lo siguiente: “era de la acción católica e iba a verme a la Parroquia y yo fui a verlo a Iquique. Una amistad muy sincera, él me consiguió un viaje a Francia con el Obispo de Louvre para mis 50 años de sacerdocio”.

   Las repercusiones en el ánimo del obispo Juan Barros por las declaraciones recientes del arzobispo Ezzati al menos tuvieron una reacción preventiva que seguramente provocaron sonrisas entre los comentaristas de oficio. La oficina de prensa del Obispado de Osorno se previno de las visitas incómodas al advertir en un liviano y corto comunicado a los feligreses que el prelado se encuentra “con alguna dificultad en su salud”. El breve texto no se exime de consideración a la buena fe de la grey cuando agrega un delicado y admirable comentario: “Se agradece la comprensión y oraciones”.

Obispo Juan Barros, en la misa del Papa. FOTO: RODRIGO SÁENZ/AGENCIAUNO.

   Sin embargo, y para que no se nos olvide un poquito de agua para inflar la esponja del escándalo, el breve comunicado del Obispado de Osorno nos regala un oportuno recordatorio: “Reitera su permanente disponibilidad a las orientaciones del Santo Padre”.

Claro, porque el tema es “universal y terreno” como habría dicho del poeta Rubén Darío. Y el escándalo ecuménico, seguramente. Algunas secuencias se siguen rodando en Chile, pero hay protagonistas en el plató de El Vaticano. Por allí cerca deben estar los Estudios de Cine Citá.

En honor a la verdad hay que decir que la Santa Sede declaró culpable al sacerdote de El Bosque, Fernando Karadima. Y el Papa Francisco, después de estar muy cerca del teatro de los acontecimientos, durante su gira en Chile, designó a un representante para escuchar a las partes en el juicio civil. Pero también se ha reconocido que el Pontífice no ha recibido toda la verdad del asunto. El propio arzobispo Ezzati reconoció que algunos personajes hasta pretendieron engañar al Santo Padre.

Y esto es lo que extraña más en este caso. Que se ha dicho todo lo que es necesario decir y sin embargo, la esponja del escándalo no deja de inflarse a medida que pasan los días. Y los días no parece que quisieran pasar.

 

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Tierra de nadie

En Venezuela empieza repartición de culpas en medio de una tragedia

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Luego de mirar lo que se ha visto y otear lo que se observa en los diferentes centros de votación a lo largo y ancho del territorio nacional, los venezolanos inician un proceso de repartición de culpas por el resultado de las elecciones presidenciales efectuadas este domingo 20 de mayo, cuando la gran ganadora, al parecer, es la señora abstención, una protagonista muy pocas veces vista en comicios de estas características, donde la idea era elegir, entre tres visibles aspirantes, al presidente de Venezuela durante los próximos seis años.

Se puede decir que entre ir a votar y quedarse en casa, la población estaba mitad-mitad; unos convencidos de votar, pensando en salidas electorales a la crisis humanitaria que los acogota, y otros hartos de promesas de lado y lado, sin ver soluciones a su cada vez más mermada esperanza de que el gobierno pudiera salir con votos o con la mediación de la llamada comunidad internacional que mira, habla y no actúa conforme el pensamiento del concierto de naciones que pujan para que sean democráticos los gobiernos que surjan y se mantengan en el continente americano.

Vista la baja presencia de personas en los centros de votación, aún unos rogaban que saliera la avalancha a votar para inflar la participación de votantes y otros imploraban que la gente siguiera en su casa para desenmascarar a un gobierno que ya no necesita de careta para disfrazar su talante continuista y autoritario, que comete fraude y más fraude con el fin de perpetuarse en el poder.

La “Leticia Mudarra” sola totalmente. (Foto Alejandro Núñez)

El consabido “yo te lo dije” será la frase más utilizada, pues en situaciones como éstas nadie quiere dar su brazo a torcer y siempre querrá tener la razón porque su postura es la que más se acerca a la verdad, lo que demuestra la avidez de liderazgo que existe entre la gente que conoce de cerca la democracia y la libertad que, sin embargo, en los últimos 26 años se ha deteriorado tanto que no se sabe qué ocurrirá el día después, las semanas, meses y años posteriores.

No se trata sólo de que un gobierno y parte de la oposición luchen por el poder político, sino que se juega el destino de la patria ante una revolución agotada y sin aparente liderazgo de relevo que impida la descapitalización del país, no sólo en sus recursos naturales y reservas monetarias, sino en su capital humano, ya que la crisis genera la huida intempestiva de jóvenes y no tan jóvenes profesionales que no soportan su hambre ni la de su familia, mientras la gente sigue jugando a la ruleta de las elecciones y sus resultados como manera de entretenimiento y diversión hasta que Dios meta su mano poderosa.

Poca gente buscándose en la “Jacob Pérez Carballo”. (Foto Alejandro Núñez)

Este importante proceso electoral del 20 de mayo no se afrontó con la seriedad que se requiere en un país que necesita que sus líderes y dirigentes se sienten a negociar con los sectores involucrados y comprometidos con el futuro de la patria, pues lo que ocurre no es cualquier tontería; es una amarga crisis que cada día se acentúa más y ya se ve claramente que no hay voluntad política por parte del gobierno ni de la oposición para enfrentarla y darle respuestas al pueblo venezolano y a la comunidad internacional preocupada por lo que aquí sucede.

No pueden estar repartiéndose las culpas del fracaso y de la derrota electoral que es el fracaso y la derrota de un pueblo que tiene sed y hambre de alimentos para conservar su salud, sino que tiene sed y hambre de justicia para preservar su democracia y su libertad, pensando en las generaciones futuras de un país que como Venezuela es considerado el más rico del planeta, no por la gran cantidad de recursos que tiene bajo y sobre su suelo, sino que siempre ha repartido y exportado generosidad, conocimiento y sabiduría alrededor del mundo.

Es justo poner en práctica el pensamiento, la palabra de Simón Bolívar acerca de “moral y luces son nuestras primeras necesidades” y lograr cuanto antes la unión de todos “o la anarquía os devorará”. Y es eso lo que pasa; estamos devorándonos unos con otros y siempre sonriendo como si la tragedia afectará sólo a unos pocos y no a todos, porque irse o quedarse será siempre un destino trágico que debemos evitar cuanto antes y a toda costa.

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Tierra de nadie

La úlcera de cierta oposición

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En la Maracay de los años ’60, cuando se veía muy poca gente pidiendo en las calles porque los automóviles no hacían filas, había un solo semáforo custodiado por un policía de punto, se podía observar en la avenida Bolívar a un moreno joven que se arrollaba el pantalón en su pierna derecha para mostrar una fea lesión con la cual conmovía a los transeúntes para que le dieran limosnas que le permitieran comprar medicamentos, que en la Venezuela de esa época había en cantidad y baratos, y así poder tratar la úlcera que lo aquejaba.

Juancito, que así se llamaba el mozalbete, recogía las dádivas en horas de oficina en las paradas de autobús, que también había bastante y baratos, a medio (Bs 0,25), con el fin de que los viandantes le aflojaran dinero sencillo, que en Venezuela sobraba como el arroz en esos años, y se retiraba a su casa a mediodía con los bolsillos repletos, como repleto llevaba el saco con los alimentos que compraba ahí mismito, sin cola ni especulación, y se daba el lujo, con la manga del pantalón ya en el tobillo, de abordar un taxi hasta su casa, que le quedaba cerca.

La gente de buen corazón lo ayudaba diaria y constantemente porque, además de la necesidad que reflejaba por la tragedia que vivía, Juancito era un muchacho muy simpático, hablantinoso y dicharachero que motivaba sonrisas y buen ánimo entre quienes veían y oían sus movimientos y chácharas matinales y vespertinas, permitiéndoles a los dadivosos irse a casa llenos de contento por su acción humanitaria y a contarles a sus familiares los chistes que aflojaba el mozo de la llaga en sus repetitivas peroratas.

Sin embargo, uno de esos días, el doctor Régulo Ottamendi(+), famoso médico maracayero, consagrado dermatólogo, buen amigo y mejor persona, habitué del Biergarten Bar, qué digo, Biergarten Park, lo vio y, por supuesto, se bajó del carro, lo llamó, lo montó y se lo llevó al Seguro Social de San José, donde era Jefe del Servicio de Dermatología, y luego de los exámenes y las curas respectivas, lo envió a su casa en un yip del Seguro.

Al otro día, cuando le tocaba hacerse la cura y continuar el tratamiento médico, el joven Juancito no se presentó, lo que prendió las alarmas en una institución dirigida, en ese entonces, por gente responsable y seria. Justo y necesario es decir que en aquella época, al paciente que no iba a la consulta mandaban buscarlo a su casa, al igual que inspeccionaban y fiscalizaban a trabajadores “de reposo”. Bueno, lo cierto es que fueron a buscar a Juancito a su casa y no estaba; andaba en las suyas, pidiendo plata en los alrededores de la Plaza Bolívar. Esto motivó a los funcionarios salir a sabanearlo en la calle, no sin antes invitar a su señora madre a que también los acompañara a comparecer ante el SSO.

Una vez en el Hospital, la querida mamá de Juan le dijo al doctor Ottamendi y a los fiscales que a ella no le convenía que le sanaran a su hijo, ya que después no tendrían cómo mantener a la familia porque ninguno estaba trabajando. Esta anécdota la recordé al ver cómo actúa cierta oposición en Venezuela; esa oposición que sostiene que si se sale de esta dictadura y sus esbirros no tendrán cómo manipular a una población desesperada ni cómo entretener a la comunidad internacional, mucho menos lograr recursos ni espacios para continuar sus actividades en pro de la democracia y de la libertad…

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Tierra de nadie

País votátil

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En particular y empírico diccionario, considero a Venezuela país votátil. O sea, que vota y puede votar. Que vota. Es propenso a votar. Tiene 70 años de historia de voto universal, directo y secreto. Siete décadas ejerciendo el derecho a votar y practicando el deber de votar. Las dictaduras de antes, como la dictadura actual, conscientes de lo votátil que es la nación, eventual y tramposamente convocaban elecciones. Hubo una época en democracia en que era obligatorio votar. Para todas las diligencias cívicas y ciudadanas se exigía la escarapela “Votó” que adherían en la Cédula.

No sólo eso, sino que los partidos democráticos obligaban a sus militantes traerles el resto de las tarjetas de la baraja electoral para demostrar que sí habían votado con la verde o con la blanca. O con la amarilla. Las organizaciones de izquierda también obligaban a sus testigos y miembros de mesa a traerles ese tarjetero para justificar el pago del trabajo que significaba cuidar votos inexistentes por lo fácil de robárselos.

Hoy día existe el registro electoral permanente que significó un avance importante en las conquistas ciudadanas pues, antes, abrían un proceso de inscripción para poder votar el primer domingo del mes de diciembre del año de las elecciones, fecha fijada con anterioridad por el Consejo Supremo Electoral, que sí era un consejo electoral y supremo de verdad. No como el contubernio electorero que existe hoy y que pervirtió al REP y al funcionariado electoral que dio ejemplo y organizó comicios en otros países por su respetabilidad.

Todo eso hace suponer que teníamos una cultura democrática dentro de un Estado de libertades con un sistema electoral respetable y confiable. Transparente y abierto a todos los controles porque estaban representados todos y cada uno de los partidos políticos por muy pequeña que fuera su militancia o por muy grandes que fueran sus siglas. Compromiso había entre todos los participantes y sí protagonistas del acto de votación.

Por esa condición de país votátil que tiene Venezuela es que muchos no entienden cómo es eso que el sector más importante del país en esta coyuntura política, y en esta crucial situación socioeconómica, la oposición democrática, esté convocando al pueblo a no votar como manera de salir del nefasto régimen chavista de maduro y sus tombos e iniciar la solución de los múltiples problemas y la hambruna que nos agobia.

“No entiendo nada…”, decía un amigo cuando se hallaba en una encrucijada existencial sin explicación ni justificación. Bueno, así estamos. No votar como bandera de lucha ante la más grave crisis humanitaria jamás sufrida por Venezuela en toda su ya larga vida e historia republicana, dictaduras incluidas, y mucho menos con una experiencia democrática superior a los 40 años de cívica y ejemplar sucesión gubernamental mediante elecciones libres y soberanas.

Afortunadamente, por esa votatilidad que caracteriza a Venezuela es que vemos que cada día mucha gente se suma a quienes iremos a depositar nuestro Voto el domingo 20 de mayo por la más clara opción contraria al régimen continuista, oportunista y comunista de los que pretenden aferrarse al poder por el poder mismo, con promesas que nunca cumplen, ofreciendo lo que nunca cumplirán y profiriendo las amenazas que sí cumplen al pie de la letrina…

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